miércoles, 15 de agosto de 2012

Éxodo


Guápulo, septiembre de 2009














La noche en círculos sobre la plaza,
abajo la multitud como campana.

Abanicos de dientes en los portales encendidos,
luz de piernas apretadas sobre los tapiales de piedra,
cocido retumbe de todas las pisadas a la vez.

Soy feliz,
como el petardo que se consume allá en la cumbre,
sobre la muchedumbre en fiesta.

Truenan los fogonazos esculpidos desde la polvareda,
flores blancas de azufre arriba de las cabezas asombradas,
rumor en círculos perfumados de cántico, aguardiente y fruta.

En la mitad de la feria despierta la fortaleza,
humareda de polvo, luz y llamarada,
ímpetu acumulado en el temblor de las estrellas
aquí agolpado para encender el corazón en la calzada.

¡Tanto bullicio de carcajada inflándose en los poros,
brazos calientes labrando el fuego en henchida ceremonia,
piel iluminada de sudor como lamida por el cielo,
pegajoso desconcierto en hervidero de artificio y música estridente!

Vamos ascendiendo, amor,
desde el fondo del clamor en desbandada,
desde la fiesta que el infierno ha desatado en las profundidades del
[caldero.

Ahí un volcán explota tras dejar la palma de una mano.
Allá se dispara el meteoro que escondía su revuelo en unas hojas.
Aquí yo, profundo,
como uno de los gritos bullentes del marisma,
traspuesto enigma de la horda que se crispa entre las olas de la
[tierra.

Otra llama en el cielo de la noche,
otro aleteo que se cuela por las fibras que sostienen nuestras piernas.
Pilares, gargantas, corazones, remolinos,
esquinas pobladas de pendencias y garrotazos amorosos,
entre parejas y racimos henchidos de sonrisa.

Las casas colgadas por el declive del cerro
han puesto picas de neón y serpentina
en el perfil de la hondonada.

Subimos, pues,
dentro de la enorme mancha que carcome la ladera.

Hay un fervor de cataclismo en esta marcha de sombras encendidas,
una usurpación a la eternidad de los astros
escondida entre el gentío que camina,
cuesta arriba,
hacia los portales de las nubes por los cuerpos exhaladas.

La noche es ya un suspiro de final que huye hacia los valles.

El alboroto de la muchedumbre se retira rumbo a la cresta iluminada,
refugio tras los muros y terrazas
del mundo suspendido entre el repliegue de las sombras.

Amanece.
Recoges tu pelo,
caminas de mi mano entre los velos de pólvora que se alejan,
agitas tus pulmones con el aire blanco de la fina madrugada.

Mientras a nuestras espaldas quedan las voluptuosidades del ritual,
una refulgencia de complicidad cruza de tu rostro al mío,
y es la oscuridad iluminada,
de nuevo el músculo festivo amarrándose sobre los huesos,
el hierro en fuego azul que se hinca como fiebre en mi mirada.

Contempla ahora la ciudad.
Cómo parece encorvada y lastimada entre sus faros de piedra.
Cómo se retuerce en su arrogancia de hierro y multitud bullente.

A la vez,
cómo persiste en su vital mañana:
anclada mueca de la montaña al cielo,
breve sonrisa al universo
desde las entrañas de la tierra.



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